Existir es estar en la exterioridad. El yo, la identidad o el sí mismo son ficciones de continuidad, esto es, relaciones, situaciones, vínculos y acontecimientos. Lo interior es tan solo una ilusión, para algunos necesaria o imprescindible. Según ellos, sería un punto de apoyo portador de autenticidad, sería lo que da consistencia a la vida, o que da coherencia a las acciones y mantiene firmes las opciones y las decisiones. Pero desde la perspectiva del drama humano, en cambio, eso no es más que una burla, porque la vida está en otra parte, está en la exterioridad, y por eso, tarde o temprano, el vértigo hará acto de presencia. El vértigo es la ambivalencia de la atracción y la repulsión de un abismo sin fondo, un viaje que puede no tener retorno; es tener la necesidad de enfrentarse a la ambigüedad de los escenarios, a su pluralidad. No hay mundo allí donde hay una única forma de vida. No hay hechos en el escenario solo juegos y conflictos de interpretaciones, porque todo hecho es gramatical. Hace mucho tiempo que se borró el texto originario, si es que alguna vez hubo alguno. En efecto, el actor piensa que ese texto puro fue solo un espejismo, o, tal vez, algo peor, un invento de esos dogmáticos que querían dominar y controlar la escena. Alguien heredó un texto y se lo contó a otro, y ese otro, a otro, y así sucesivamente. Pero ¿cuál es el original? No existe -o, si existe, los seres finitos, los actores, no tienen acceso a él.
Joan-Carles Mèlich (2025:280-281).
El escenario de la existencia



