Bajo mi ventana meridional pasa la furgoneta de un circo forrada con carteles previsibles: payasos, fieras corrupias, trapecistas estilizados sobre un techado azul, plumas, brillos y demás coloreada bisutería tipográfica.
A veces, la melancolía soportable pasa en una furgoneta. Se acuerda uno del circo pobretón. en un solar de la infancia, que prometía tiburones con domadores acuáticos y valerosos. Acabada la primera función, la tradicional socarronería valenciana aseguraba que los prometidos escualos no pasabana de adormilados arenques aumentados por la lupa de los barandados en la gran pecera. La discusión animada entre los unos y los otros -la óptica de los segundos sí confirmaba la promesa- promocionó mucho más las sesiones bajo aquella raída carpa. Este circo de hoy sólo anunciaba lo eterno, sin fauces temibles, sus altavoces sólo me dejaban una estela de lo vivo y lo lejano.
Y, como a veces las casualidades enlazaban caprichosamente, bajo mi modesta atalaya pasa ahora el viejo Vicente, desafiando los vaivenes de la modernidad, regresando del huerto de su entrenamiento de jubilado montado en un carro gris y polvoriento tirado por un mulo con cara de estoico filósofo.
El carro gruñe, chirría, tabletea en todos sus huesos; el mulo -especia amenazada no contemplada en los planes de Greenpeace- avanza lentamente con un cansancio de siglos y Rosa espera en su portal anchuroso a su marido, que no se inmuta por los pitidos motorizados que su presencia en la calzada de las urgencias suscita. Tras la puerta guardada por Rosita, ya debe hervir la verdura de la cena. Uno también en esas casas urbanas de labriego; a uno, a tantos, no nos separa ni una generación de la gleba, del campo trabajado. La mirada desconfiada o esperanzada al cielo, los surcos calientes, la tierra perfumada después de la lluvia, también forman parte de la información genética. Esto deberían saberloen Bruselas; a lo mejor ya lo saben.
La infancia es la patria de un hombre: lo decía el gran poeta Rainer María Rilke. Y de aquella patria mía, compartida por tantos, de esa lumbre de memoria, al caera la tarde, se pueblan los reflejos de mi ventanuco encarado a la vida, entre el mar y las suaves ondulaciones provechosas, en la tierra donde todo presenta todavía una humana estatura, en esa llamada periferia donde todo el retablo de la comedia humana se presenta con menos tapujos: el circo pobretón que vemos volver.
Vicente y su carro que detiene un poco el tiempo e interroga tanta prisa absurda y la circunstancia de mi ventana meridional que se puebla de reflejos y evocaciones.
Josep Igual (2004:17-19). Prosas meridionales.
(il·lustració generada amb chatgpt)



