En la parrilla de la madrugada, donde van a dar con su huesos los espectáculos de la inteligencia en nuestra televisión pública Canal 9, fulge un resplandor para navegantes insomnes: "El Faro de Alejandría". El soriano universal y anarco-individualista -según su propia definición- Fernando Sánchez Dragó, conduce la nave. Dragó sabe meter el pico de la muleta para llevarse al morlaco de la inteligencia, el entretenimiento enriquecedor, a los medios soleados de la voluntad de comunicación. Si bien el escritor con frecuencia se desliza por el tobogán dudoso de cierto esoterismo enjoyado, las más de las veces los cauces de la razón aploman certeramente la aguja de marear del espacio, menos cuando sale Fernando Arrabal, el último surrealista, y se da el mano a mano restallante y feliz de la pirotecnia del absurdo con no pocos detalles de lúcida alquimia.
Se me antoja que por estas escamas alejandrinas y otra parecidas y posibles podría hallarse la salvación ante tanta argamasa vulgar y obscena que puebla nuestras pantallas públicas. El vetusto lema 'formas, informar y entretener' debería cobrar nuevos bríos con renovados balones de oxígeno. Hay que intentarlo. Se niega uno a pensar que lo otro, las ferias de entrepierna o del corazón que late es superficialidad por los pentagramas mudos del talonario, no pueden representar por entero a la mayoría de nuestra sociedad civil. No puede ser y además es imposible.
El entrañable maestro Gepetto de nuestras letras, el artesano con un algo de brujo capaz de unir arquetipos lejanos, consigue humanizar nuestras connfusas pantallas en su papel de farero reposado y de plurales registros y curiosidades. Qué pena que esté destinado al palomar de los insomnes que hemos de buscar el verbo fecundo, el gesto del pensamiento, en los horarios arrumbados de la cara oculta del planeta nimio que nos zarandea las sienes.
En una de las últimas entregas escuché a un paisano mío asegurar que en las noches de plenilunio, en el castillo templario de Peñíscola, aún se oye tronar a don Álvaro de Luna reclamando la legitimidad de su papado. En la próxima cita licantrópica me llevaré el magnetófono a ver si grabo las sicofonías del Papa del Mar. Cuando regrese a mi cubil con la voz pontificial enjaulada o no, todavía tendré tiempo de ocupar plaza en el butacón de los insomnes y esperar el barrido luminoso que intenta inquietar las arenas noctívagas del saber.
Josep Igual (2004:77-78. Prosas meridionales.
(il·lustració generada amb chatgpt)

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