dilluns, 20 de gener de 2014

MAS TRISTE ES DE ROBAR

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Durante dos meses, un señor se ha dedicado a ir por las calles comprando llos letreros que los indigentes utilizan para explicar su drama. Generalmente son de cartón, con letras escritas con rotulador y alguna falta de ortografía, que siempre es buena para enternecer el corazón de quién pasa por delante. A menudo hay palabras juntas, lo que complica su lectura, pero eso también es bueno porque, así, algunos se detienen a ver qué pone, y entonces se produce el contacto visual que tanto propicia la limosna. En ocasiones, en vez del espacio en blanco que debería ir entre cada dos palabras, hay un punto medio o volado, y ese es un detalle que -sin que ellos lo sepan, supongo- nos transporta a la antigua Roma, donde, en latín, para marcar la separación entre palabras, se recurría precisamente a esa estrategia: un punto medio envez de un espacio en blanco.
 
El hombre que durante dos meses se ha dedicado a comprar letreros de esos es un artista neoyorquino llamado Andes Serrano. Lo bueno de los artista es que pueden convertir en arte lo que les apetezca, siempre y cuando sean capaces de justificar por qué esa cosa que hasta entonces era un objeto vulgar y corriente se ha convertido en algo superior, digamos. La justificación de Andres Serano es que esos letreros, recopilados, constituyen un retrato descarnado de la pobreza en la que viven muchos de sus conciudadanos. En un artículo en The Guardian, Serrano explica que en los últimos tiempos se ha visto un incremento notable de indigentes en su ciudad: "Como nativo de Nueva York, me sorprendió porque nunca había visto a tanta gente pidiendo limosna y durmiendo en las calles. Se me ocurrió empezar a comprar los letreros que usan para pedir dinero". Por cada letrero les pagaba veinte dólares. Acostumbrados a que como mucho les den unas monedas, esos veinte dólares les parecían una bendición. El más desconcertante de todos los letreros recopilados es la de una chica que no tendría más de diez años: "Mamá nos dijo que esperásemos aquí. Eso fue hace diez años". Cada uno de nosotros es libre de supooner si esa historia es cierta o inventada para conmover.
 
Me gustaría saber qué hacían los indigentes cuando cobraban el dinero y, simultáneamente, se quedaban sin letrero. Yo los imagino yendo a buscar inmediatamente otro cartón y otro rotulador para escribir uno nuevo: letra a letra, con alguna falta de ortografía para enternecer los corazones y rogando al cielo que algún día vuelva a pasar por delante de ellos otro majareta dispuesto a comprárselo por veinte dólares.
 
Quim Monzó a Seré Breve
del Magazine de La Vanguardia del 19/01/13