Será necesaria una alabanza de las rutinas, una defensa de la repetición, de las acciones cotidianas que ofrecen seguridad y consuelo, tal vez porque en un escenario nada es banal. Será necesaria una apología de las pequeñas aventuras que cada día tienen lugar, incluso a veces sin salir de casa. En el drama humano, lo insignificante debe tener derecho de ciudadanía. Lo que a simple vista parece que no tiene importancia, resulta a la postre decisivo para comprender el sentido y el sinsentido de lo que día a día acontece en el escenario de la existencia.
Una vez más hay que recordar que un escenario se compone de un espacio, un tiempo y una historia. En él, un actor representa un guión que ha heredado y que configura a salto de mata el argumento de su existencia. El argumento posee una coherencia narrativa que da consistencia a un 'estar' en el mundo. Se trata de una trama que él se encarga de repetir y de renovar en relación con las situaciones que les salen al paso. Al llegar al mundo, nadie puede empezar de cero, de ahí que no haya más remedio que enlazar con otros argumentos, con otras historias anteriores. El guión heredado contiene parámetros de orden portadores de antiguos esquemas de interpretación y de acción que, por supuesto, no son ni serán nunca propiedad del actor. Son esos viejos marcos los que dotan de inteligibilidad al mundo, a los sucesos y a las relaciones que acontecen en la vida ordinaria. Para que algo sea 'real' es necesario que pueda ser comprendido y ordenado por esos esquemas que ofrecen estabilidad disonante en la vida del actor.
Joan-Carles Mèlich (2025:113-114).
El escenario de la existencia
