
Lo que sí me intriga, ahora que estoy rodeado de sobrinos a los que veo mucho menos de lo que querría, es si ellos también tendrán mi Mafalda y mi Mecano o pasarán directamente de El libro de la selva al twerking de Miley Circus. Estos pensamientos me asaltan hoy domingo cuando escribo al compás de mi playlist de Spotify de los ochenta. Al sonar Hijo de la Luna pienso en si Eric y Ona, mis sobrinos, crecerán escuchando música que al principio no entienden y que a medida que suman años suman lecturas a las letras. O si tendrán su Mafalda, que leí por primera vez con cinco años confundiendo el blanco y negro de sus viñetas con una invitación a colorear y di a Susanita y Felipe un moreno envidiable usando la caja de plastidecor.
Me pregunto si este aprendizaje por capas seguirá o la era actual, de la prisa y lo explícito, se cargará de golpe este redescubrimiento constante de nuevas facetas de lo que parece que ya sabes. Quizás sí. Veo las películas de Pixar y sé que los críos entienden algo diferente y que las segundas (y terceras y cuartas) lecturas son inaccesibles para mi sobrino. Lo que me da miedo es si tendrá paciencia para revisar la película a lo largo de los años.
Porque al principio, Hijo de la Luna era una nana, luego una canción de amor y al final, un alegato a la tolerancia y la multiculturalidad. Y sería una pena que Ona se lo perdiera y lo abandonara antes de tiempo.
Daniel Córdoba-Mendiola a El Cazador
de El Magazine de La Vanguardia, 01/11/15
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