
Los engaños tácticos tienen larga tradición. Durante la Segunda Guerra Mundial, un británico consiguió proteger el puerto de Alejandría a base de construir cerca de ella una ciudad falsa que los pilotos alemanes creían que era su objetivo. Los confundió también en el canal de Suez y, luego, en el preludio de la batalla de El Alamein. Ahí montó todo un ejército, con sus barracones, tanques, depósitos de agua, una vía de tren y un oleoducto. Todo de cartón piedra.El objetivo era hacerles creer que atacarían desde el sur. Pero no. Atacaron desde el norte y ganaron la batalla.
Esos engaños tácticos tienen un precedente. El famoso París falso que durante la Gran Guerra los franceses construyeron en las afueras de París. Como los aviones solían bombardear la ciudad de noche, erigieron edificios, fábricas y monumentos (Arco de Triunfo incluido) de madera, pintados de forma que parecían auténticos. Los dotaron de mucha luz, como el París de verdad. Desde lo alto, los aviadores alemanes creían estar bombardeando los mismísimo Campos Elíseos.
En nuestra vida cotidiana hay un engaño táctico que perdura: esos monigotes que a veces ves al margen de la carretera. De lejos parecen polis y reduces la velocidad. Pero cuando te acercas ves que son falsos. Pero ¿y si cometes el error de creer que, a partir de ahí, durante el resto del viaje todo serán maniquíes y resulta que el siguiente es un poli de verdad? ¡Ah, amigo!
Quim Monzó, a Seré Breve
del Magazine de La Vanguardia
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